20+ Anécdotas que prueban que las rebajas no son para corazones débiles

Historias
hace 14 horas

¡Qué gusto da poder comprar lo que necesitas a un mejor precio! Aunque, para los protagonistas de este artículo, fue muy diferente: algunos tuvieron una suerte increíble, mientras que otros juraron no volver a pedir un descuento jamás. Los vendedores también tienen mucho que contar sobre quienes disfrutan regatear y bajar el precio original.

  • Una compañera del trabajo se quejaba: “Se me descompuso la secadora de pelo”. Le dije: “Pues cómprate otra”. Y ella respondió: “¡No estoy loca como para comprar sin un descuento!”. Total, esperó la rebaja y la compró. Después andaba presumiendo que le había costado 390 dólares y ella lo compró por 190. Pero lo curioso es que yo, hace apenas tres semanas, compré exactamente el mismo modelo por 140 dólares. En la misma tienda y sin descuentos ni promociones. © Voyager / Dzen
  • Cuando viajo a EgiptoTurquía, me entra un pequeño diablillo en la cabeza que me dice: “Regatear es parte de la tradición local. ¡Tienes que hacerlo!”. Y así terminó negociando precios en todas partes (menos en los supermercados, claro). Una vez, mi esposo y yo entramos a una tienda de recuerdos en Sharm el-Sheij para comprar algunos regalos para nuestros seres queridos. Estuve regateando más de una hora. ¡Cuánto té nos ofrecieron! Y cuántas veces le preguntaron a mi esposo quién era el jefe en la familia y por qué no calmaba a su mujer. Él dejó claro desde el principio que era yo quien estaba de compras, así que todas las preguntas debían dirigirse a mí. Y lo repitió como veinte veces, riendo mientras tomaba más té. Perdí la cuenta de cuántas veces estuve a punto de salir de la tienda. Al final, pagamos entre un 5% y un 10% del precio original. Los regalos hace tiempo desaparecieron, pero los buenos recuerdos siguen ahí. © frikki84 / Pikabu
  • Trabajé como vendedora en una pequeña tienda privada. La dueña era una mujer bastante tacaña, pero lo peor era que era muy conflictiva. Solo permitía hacer descuentos en ciertos productos o a clientes frecuentes. Nada más. Y, por supuesto, también en productos con defectos.
    El problema era que muchos clientes, cuando me negaba a darles un descuento, pedían que llamara a la dueña. Algunos la conocían y la saludaban con confianza... pobrecitos, ni se imaginaban lo que les esperaba. Yo intentaba evitar hacer la llamada, pero si insistían, lo hacía. La respuesta siempre era la misma: “¿Qué más quieren? Si no les gusta, vayan a otro lado. Los viernes no doy descuentos”. Después de eso, yo solo repetía con una sonrisa: “Lo siento, la dueña no autoriza descuentos”. © Olga Savina / Dzen
  • Mi esposa dice: “Quiero un abrigo de piel”. Vamos a la tienda y se prueba un par de modelos. Empiezo a notar que su ánimo decae. La vendedora le ofrece otra opción. Mi esposa responde: “Gracias, pero no. Ese cuesta 4 mil”. Entonces, de forma inesperada, la vendedora pregunta: “¿Cuánto tienes? ¿2 mil? Está bien, llévatelo. Te queda perfecto. Además, yo soy la dueña del local: lo vendo al precio que yo decido”. Volvimos a casa, mi esposa se lo probó de nuevo y todo fue genial. Nada raro, sin problemas ni defectos. © Presidente de la sociedad de los quisquillosos / ADME
  • Recuerdo que iba caminando con un chico, hacía un frío terrible, le dije: “Vamos a un café, tomamos un té y entramos en calor”. Murmuró algo sobre lo bueno que era el aire fresco, pero el frío seguía pegando fuerte. Entramos a un café y pedimos té y algo de comer. Cuando ya habíamos comido, tomado el té y entrado en calor, llegó el momento de pagar... y entonces pasó lo que pasó. Montó un escándalo con la camarera: que la comida estaba podrida, que había cucarachas corriendo por ahí, que el lugar olía fatal, que la música era insoportable, y a gritos exigía el libro de reclamaciones. Nos terminaron haciendo un descuento. Fue vergonzoso. Más tarde volví sola y pagué el resto. © Oído por ahí / VK
  • Trabajo con muebles y los “cazadores de descuentos” simplemente me sacan de quicio. Resulta que en nuestra tienda los precios ya son los más bajos porque manejamos un margen mínimo de ganancia. Llega alguien, compra una cómoda por 3000, y todavía pide que le regalemos un espejo (que cuesta más que la cómoda), un descuento adicional y envío gratis a otra ciudad. Y ante cada “no”, ponen cara de sorpresa y preguntan: “¿Qué?” “¿Qué tiene de difícil? “Te subes al autobús y lo llevas”. © Tarantinoo / Pikabu
  • Trabajo como fotógrafo. Estas son algunas frases que me hacen estremecer: — ¿Cómo que no voy a recibir 500 fotos gratis? Sí, hablamos de 15 fotos, ¡pero contaba contigo! — Tú cobras caro, pero los demás no me convencen. ¿Me harías un 70% de descuento? — ¿Por qué no me peinas, me maquillas y eliges el vestido por mí? ¡No tengo ganas de hacer nada! — Tú eres fotógrafo, puedes retocar todo. Que se vea que mi cabello y mi ropa estaban limpios. © Oído por ahí / Ideer
  • Trabajé un tiempo como taxista. Siempre tomaba el primer servicio en mi distrito. Es una zona pequeña, así que había muchas probabilidades de que el pasajero fuera alguien conocido. Y con los conocidos, el inicio del viaje seguía siempre el mismo guión:
    — ¡Qué bien, hoy me toca un viaje con descuento!
    — ¿Y eso por qué?
    — ¿Cómo que por qué? ¿No puedes hacerle un descuento a los “tuyos”?
    Decidí no negarles el descuento, pero opté por una estrategia más astuta. En los siguientes viajes, la conversación cambiaba de rumbo. Y esta vez, era yo quien la empezaba:
    — ¡Qué bien, por fin un servicio doble!
    — ¿Y eso por qué?
    — ¿Cómo que por qué? ¿No puedes dejarle una propina a uno de los “tuyos”?
    En resumen: recuperé lo “invertido” en descuentos. Desde entonces, todos los conocidos comenzaron a pagar exactamente lo que marcaba el taxímetro. © MotyaStar / Pikabu
  • Tuve suerte al entrar en una zapatería. El par de botas que necesitaba costaba 180 dólares a precio normal, pero con descuento quedaba en 120. Pregunté si había alguna rebaja extra, ya que era el último par en ese número. Los vendedores me mandaron con el gerente, y él me preguntó: ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por ellas? Le dije: 70. Él, sin pensarlo mucho, dijo: ¡Está bien! Creo que podría haber pedido 60, pero igual fue una excelente compra. © Swimming-Product-619 / Reddit
  • Mi tía es peluquera. Un día llegó una clienta a hacerse un peinado. Mi tía estuvo trabajando en su cabello durante cuatro horas. Al final, la señora dijo: ¡Está precioso! Pero me golpeaste tan fuerte con el cepillo que me salió un chichón. Le hicieron un descuento. Más tarde nos enteramos de que esa mujer era una persona bastante conocida. Resulta que cada semana va a un salón diferente, se hace un peinado y luego se inventa alguna excusa, como lo del cepillo, para no pagar o conseguir un buen descuento. © Oído por ahí / VK
  • Tengo un negocio propio. Antes me molestaba mucho cuando llegaban amigos de amigos, conocidos de conocidos y otros clientes por recomendación, siempre pidiendo descuentos y exigiendo más de lo razonable. Encontré la solución: a todos ellos les doy un precio inflado desde el principio. Si piden descuento, se los doy. Si no lo piden, igual se los aplicó por iniciativa propia, regresando al precio real. Mi trabajo lo hago siempre con la misma calidad y dedicación, sin importar quién sea el cliente. Y así, todos contentos. © Oído por ahí / VK
  • Crecí en una familia de bajos recursos. Vivíamos en un departamento viejo. Mis padres reunieron algo de dinero para hacer una pequeña remodelación y contrataron a un maestro de obra. Yo estaba en quinto grado. Una mañana, de camino a la escuela, me di cuenta de que había olvidado mis zapatos y regresé a casa. Al intentar abrir, la puerta no giraba con la llave. Me asusté pensando que había roto el candado, así que llamé a mi madre. Ella trabajaba en el edificio de al lado, así que llegó rápido a ver qué pasaba. Justo en ese momento, la puerta se abrió desde dentro, y salió el maestro con su amante. Él estaba casado. De inmediato le prometió a mi madre que eso no volvería a pasar y le ofreció un buen descuento a cambio de su silencio. Mis papás lo pensaron, y aceptaron. © Oído por ahí / Ideer
  • En nuestra tienda de juegos de mesa, Semión ya lleva casi 7 años con nosotros.
    Su trabajo es calmar a los clientes que piden un descuento “solo por haberse tomado la molestia de venir”. Yo les doy una opción: tiramos a Semión por turnos. — Si el resultado del cliente es mayor que el mío, obtiene un 5% de descuento. — Si saca un 20, el descuento es del 10%. — Si saca menos, se aplica un recargo del 5%. Esa última opción la implementé hace poco, pero me parece bastante justa para el negocio. Desde que la apliqué, la cantidad de gente que pide descuentos “solo porque sí” bajó a cero. Cómo ya habrás imaginado: Semión es un simple dado de veinte caras. Ha sobrevivido varias ampliaciones del local y hasta una gran mudanza. © alexey.yushin / Pikabu
  • Cuando en la caja me preguntan si tengo tarjeta de descuento, respondo: “No. ¿Y tú?” Y trato de sonreírle sinceramente a la cajera. En la mitad de los casos, me cobran el producto con descuento. Por ejemplo, una vez me aplicaron un descuento y me dijeron: “Pero que no se entere nadie”, mientras que a dos amigos míos en la caja de al lado no les hicieron ningún descuento. © Oído por ahí / Ideer
  • Trabajo como mesera en una cafetería. Esta mañana, una mujer me arrojó café frío encima porque no le hice un descuento con la tarjeta de un supermercado que ni siquiera conozco. Sí, en una cafetería... ¡y con una tarjeta de supermercado! Me dieron muchas ganas de decirle todo lo que pensaba, pero decidí mantener la calma y dejar que el administrador se hiciera cargo. Pero la cosa no terminó ahí: 15 minutos después, la policía estaba en el café, porque la señora la había llamado. Lloraba diciendo que la estaban amenazando. Todos nos reíamos, y ella gritaba como loca. © Oído por ahí / Ideer
  • Cuando era estudiante, vivía con austeridad entre semana, pero los fines de semana me sentía como un rey. Todo gracias a los descuentos en una gran tienda de comestibles. Sabía que los sábados, entre 30 y 60 minutos antes del cierre, sacaban muchos productos con un 50% de descuento. ¿Y para qué iba a pagar el precio completo si podía conseguir todo a mitad de precio? © redsterXVI / Reddit
  • Mi hijo es un chico muy astuto. Ahora tiene 23, pero recuerdo bien cuando, a los 8 años, decidió gastar el dinero que le dieron por su cumpleaños en una consola de videojuegos. Mi esposo siempre regateaba al comprar electrónica cara, así que nuestro hijo ya sabía cómo se hacía. Al final, logró comprar una consola que originalmente costaba 130 dólares por solo 90. © Fuzzy_Jellyfish_605 / Reddit
  • Tengo un taller de arreglos florales y a veces yo misma atiendo. Tenemos un sistema de descuentos para clientes frecuentes que cuentan con tarjetas especiales. Todo eso está claramente explicado en el tablón informativo, donde también están mis datos como dueña. Hace unos días vino un tipo, eligió un ramo y me dijo: “¿No te llamó fulanita? Me dijo que no podía llamarte, pero que me hicieras un 20% de descuento. Apúrate, que no tengo tiempo”. El problema es que mencionó mi propio nombre, como si yo misma hubiera dicho que le hiciera el descuento. Tendrían que haber visto su cara cuando, sin decir palabra, saqué mi identificación y se la mostré. Pagó rápido y salió corriendo. © Oído por ahí / Ideer
  • Yo solo quería comprar algo sencillo y económico, como una chaqueta acolchada con relleno sintético. Una amiga me sugirió ir al mercado, donde hay buenos precios y mucha variedad. Así que fuimos... Recorrimos los pasillos, buscando, cuando de pronto se nos acerca un señor y nos dice: “¡Vengan a ese puesto, ahí les espera una prenda con plumas de ganso! ¡No se quema con el fuego ni se hunde en el agua! Ligera, calentita... ¡la octava maravilla del mundo!”.
    Obvio, fuimos por curiosidad. Entramos al puesto, me mostró la chaqueta y me la probé: ¡estaba genial! Las costuras bien hechas, bolsillos cómodos, me quedaba perfecta. Pero el precio... era bastante más alto de lo que yo tenía en mente.
    Suspiré y empecé a quitármela: “Mejor no, gracias”, dije. El vendedor se puso triste al ver que perdía a un cliente, e intentó convencerme. Así que le solté: “¿Y con descuento, cuánto sería?”.
    El tipo se lució. Parecía un actor dramático interpretando a un padre de familia arruinado, obligado a vender sus pertenencias por unas monedas. Pero al final, me llevé una muy buena chaqueta de invierno, ¡y por la mitad del precio original! © eXperd1 / Pikabu
  • Una vez viajé a China y quise comprar una chaqueta de un conjunto de esquí. Fui al mercado, escogí una y le pregunté al vendedor cuánto costaba. Me dijo el precio y me sorprendió. Empezamos a regatear, y al final me llevó con su jefa, en el pasillo de al lado. Solo con ella se cerró el trato. Me vendió el conjunto completo. Y solo entonces entendí por qué estaban tan tercos al principio. © Vovchara / Pikabu
  • Cuando era niño, fui con mi papá a Dubái. En la orilla vendían cangrejos, y nos dio antojo. Nos pusimos a regatear, creyendo que nos daban el precio por unidad. Estuvimos discutiendo como cinco minutos. Finalmente, llegamos a un acuerdo... y el vendedor agarró todos los cangrejos, unos 10 o 15, los echó en una bolsa y nos los dio por el precio pactado. ¡Nos quedamos sorprendidos! Han pasado muchos años, pero todavía lo recuerdo clarito. © pahan6006 / Pikabu

Comentarios

Recibir notificaciones
Aún no hay comentarios. ¡Puedes ser el primero!

Lecturas relacionadas