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11 Historias que comprueban que la infancia es la época más loca de la vida

La infancia es una época sin preocupaciones, en la cual todo se percibe de una manera completamente diferente. Pero solo entiendes eso en la edad adulta, cuando tienes, por así decirlo, cosas para comparar. Y para demostrar que ese período es el momento más asombroso e imprudente de nuestra vida, recopilamos historias de usuarios de las comunidades “Oído por ah픓Habitación N.° 6” que podrían habernos sucedidos a todos.

Genial.guru quiere advertirte: este artículo podría causarte un fuerte ataque de nostalgia.

  • Cuando era pequeña, me encantaba el sonido crujiente de las páginas de los libros y de los cuadernos. Y una vez, a mi cabeza de niña llegó una brillante idea (eso pensé en aquel momento, al menos): qué genial sería el crujido de las hojas si ponía el libro en un cubo lleno de agua y luego lo secaba. Pero en lugar de un agradable sonido, obtuve algo deforme, desprolijo, muy poco parecido a lo que era antes... y, por supuesto, una reprimenda de mi madre.
  • A mi mamá le dijeron que en la escuela habría un baile de disfraces. Encontró para mí un disfraz de un copo de nieve, y ella decidió vestirse como un conejo. Y solo en la fiesta se dio cuenta de que los que tenían que ir disfrazados eran solo los niños. Todavía tengo la foto general en donde todas las madres están vestidas elegantemente y ella es un animal.
  • Acabo de ver en la parada de autobús cómo un pequeño decentemente vestido comía fideos secos directamente del paquete. Hasta sonreí al recordar mi propia infancia: ¡cómo amaba devorar esa porquería tan deliciosa! Después de todo, los niños siempre serán niños.
  • El engaño más ingenioso de mi infancia fue cuando mi hermano me propuso jugar al robot que hace masajes en la espalda. Por supuesto que el papel de la máquina era para mí, y el sujeto de prueba era él, quien fingía que presionaba unos botones y me explicaba qué función debía realizar. Después, “cambiaba la configuración” en una computadora imaginaria. Era muy virtuoso a los ojos infantiles, yo no entendía nada y jugaba con gran interés.
  • De niña me gustaban tanto las películas animadas sobre sirenas que cuando hacía amigos siempre me presentaba como Ariel. Hace poco me encontré con un conocido de la infancia. ¡Todavía piensa que me llamo de esa forma!
  • Mi hermana menor y yo tenemos 4 años de diferencia. Durante nuestra infancia nos peleamos, nos echamos la una a la otra de la habitación que compartíamos, nos acusamos, todo según el estándar. Pero había una palabra que podía detener una pelea y hacernos saltar y correr alrededor de la habitación, y era “chajchas”. Ahora ya hemos crecido, vivimos en diferentes ciudades, pero cuando nos reunimos, todavía bailamos como caballitos nuestro genial “chajchas”. Amo a mi hermana.
  • Cuando tenía 5 años, encontré unos condones en la habitación de mi madre. Pensé que podría abrir uno con cuidado, ver qué era y volver a guardarlo, y ella ni siquiera lo notaría. Desenrollé uno en toda su longitud y, por supuesto, no pude enrollarlo de vuelta. Fui y confesé todo, prometiendo comprarle otro igual. Por supuesto que no sabía qué y para qué era. Tenía dinero porque me permitían quedarme con el cambio de las compras. Y un día, cuando mi madre y yo estábamos cerca de una tienda en una parada de autobús, vi unos y grité: “¡Allí están, te compraré uno!”.
  • Pasé toda mi infancia con mi abuela, quien antes de jubilarse había sido doctora y, ya de grande, tenía problemas de corazón. Naturalmente, desde los 8 años me enseñó a colocar inyecciones y a entender sobre algunos medicamentos para que pudiera ayudarla si pasaba algo. Una vez, a últimas horas de la tarde, se sintió tan mal que nada la aliviaba, y tuve que llamar a una ambulancia. Pobres médicos, qué habrán pensado cuando vieron a una niña de 10 años corriendo tras ellos y ordenándoles: “A juzgar por los síntomas, es una crisis hipertensiva. Ya le inyecté papaverina con dibazol, llévenla al hospital”.
  • Cuando era niña, mi cama estaba contra la pared, y siempre me dormía de espaldas a ella porque tenía miedo de los monstruos y pensaba que así no podrían alcanzarme. Todavía recuerdo que cuando mi madre se sentaba conmigo antes de que me durmiera, yo giraba alegremente mi rostro hacia la pared, sabiendo que ella me protegería de todo.
  • Una vez, cuando tenía 5 o 6 años, me comí una manzana sin lavarla antes. Luego recordé que las frutas y los vegetales debían enjuagarse antes de comerlos, pero ya era tarde, no había nada que hacer. Y de repente tuve una idea: bebí rápidamente un vaso de agua y sacudí mi estómago, esperando que la manzana se lavara en mi interior. Orgullosa de mi “genialidad”, se lo conté a la esposa de mi tío, y solo unos años más tarde entendí por qué en lugar de felicitarme me miró con una cara de: “Hmm...”.
  • Mi infancia transcurrió en los años 1990, ¡y es uno de mis mejores recuerdos! Siempre nos juntábamos con los chicos del barrio: construíamos castillos de arena y organizábamos batallas de ciruelas. Las madres nos lanzaban alfombras desde los balcones, barríamos todo el suelo y hacíamos “casas” debajo de los manzanos. Por las noches, las abuelas salían a “vigilarnos” y, mientras hablaban, aprovechábamos su distracción y nos quedábamos jugando hasta las 11 de la noche. Hacíamos fogatas, cocinábamos papas en ellas, y no había nada más sabroso en todo el mundo. No necesitábamos ni dispositivos electrónicos ni Internet para ser felices y divertirnos.

Estimado lector, tú eres interesante, ¡háblanos sobre ti! Quizás fuiste voluntario en un asilo de ancianos, viviste en Bangladés, trabajaste en un restaurante con estrellas Michelin en París, o simplemente quieres contarle al mundo por qué es importante recibir a los seres queridos en el aeropuerto. Escribe sobre ello a redaccion@genial.guru, con un asunto que diga “Mi historia”.

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